Cuando me hablan de jugadores de videojuegos y se refieren a los denominados jugadores hardcore, esos que curiosamente siempre suelen responder al arquetipo de señores entre la juventud y la mediana edad que dedican sus energías a competir en juegos y que suelen hablar no sin cierto desprecio de la brecha entre los verdaderos jugadores y los jugadores casuales, nunca puedo evitar pensar en mi madre.
Mi madre, que cuando tenía veinte años jugaba en las máquinas de las recreativas encadenando partidas de pinball gratis una tras otra, hasta el punto de regalarlas a desconocidos a la hora de irse a casa, por aquello de no dejar perder una bola extra.
Siempre se me viene a la cabeza la de horas que debió de echar conmigo y con mi hermano a su lado jugando al videojuego Crash Bandicoot 2, desarrollado por Naughty Dog y publicado en 1997 para la consola PlayStation. Recuerdo que había dos partidas abiertas: una en la que jugábamos todos los miembros de la familia y otra en la que jugaba ella sola, algunos días en compañía de mi padre, mientras nosotros estábamos en el colegio o simplemente dormíamos. Jugaba hasta casi quemar el disco en el lector, memorizando cada salto, cada enemigo, cada animación de cada dichosa fase. Recuerdo como si fuera ayer cómo me frustraba al no ser tan bueno como ella: el personaje en sus manos sencillamente volaba, mientras que bajo mi control adquiría una torpeza y lentitud que me exasperaba. Las lecciones estaban a la orden del día, y mi madre no perdía la oportunidad para insuflarme paciencia y recordarme que todo era cuestión de práctica. Y como todo lo buen alumno que puede ser un niño de seis años, yo soñaba cada noche con el juego mientras me susurraba a mí mismo que la próxima vez que cogiese el mando sería tan bueno como mamá.
Y así, cada fin de semana al acabar el colegio, la consola se encendía y el porcentaje del juego completado había subido en su partida desde la última vez. Con el tiempo, los retos autoimpuestos por mi madre empezaban a ser más estrictos: acabar las fases sin morir ni una sola vez, recogiendo todos los coleccionables de la pantalla, dejándolos todos sin recoger, teniendo que obtener al menos diez o quince vidas extra durante el recorrido… A fuerza de exprimir el juego no quedó pixel sin remover, en una época que siempre recuerdo de forma muy nítida.
Y así, cada fin de semana al acabar el colegio, la consola se encendía y el porcentaje del juego completado había subido en su partida desde la última vez. Con el tiempo, los retos autoimpuestos por mi madre empezaban a ser más estrictos: acabar las fases sin morir ni una sola vez, recogiendo todos los coleccionables de la pantalla, dejándolos todos sin recoger, teniendo que obtener al menos diez o quince vidas extra durante el recorrido… A fuerza de exprimir el juego no quedó pixel sin remover, en una época que siempre recuerdo de forma muy nítida.
El tiempo pasó, y tras ese llegaron muchos otros juegos y aventuras, pero por caprichos de la vida, mi madre dejó de jugar tan a menudo, hasta el punto de colgar los mandos durante una buena temporada. A día de hoy todavía juega a juegos que muchos pobres diablos consideran de segunda categoría, en momentos en los que tiene tiempo libre y volviendo a adoptar una concentración admirable como pocas.
Así que cuando alguien me habla de jugadores hardcore, de esos que ya no quedan, nunca puedo evitar pensar en mi madre, una persona que quemaba botones sin dejar de descuidar a sus hijos y sus, en demasiadas ocasiones, excesivas obligaciones. Una persona que entre partida y partida encontraba la manera, a veces incluso de forma inconsciente, de enseñar algo nuevo o transmitir algo importante.
Así que cuando alguien me habla de jugadores hardcore, de esos que ya no quedan, nunca puedo evitar pensar en mi madre, una persona que quemaba botones sin dejar de descuidar a sus hijos y sus, en demasiadas ocasiones, excesivas obligaciones. Una persona que entre partida y partida encontraba la manera, a veces incluso de forma inconsciente, de enseñar algo nuevo o transmitir algo importante.
Sí, respondo a veces, ya quedan pocos como los de antes.



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